Dame la Mano


Sara invitó a su amiga Nadia del colegio, a pasar la noche en su casa, después de la muerte de su pequeña hermana, ella se sentía muy sola, y le agradó de nuevo tener en su habitación alguien con quien compartir los juegos de niña que tanto adoraba.

Entre juegos y risas se dieron cuenta de que una tormenta muy fuerte, se abría camino, llevando los rayos y truenos sobre el techo de su casa, el viento hacía temblar las ventanas. Las dos se acuestan en sus respectivas camas, cubiertas de pies a cabeza con las cobijas, sabiéndose las dos en la misma habitación el miedo era menos, pero el incesante sonido de los truenos, que las hacían saltar cuando apenas conciliaban el sueño, las atemorizaba cada vez mas.

Sara le dice a su amiga –Dame la mano, tengo miedo-, las dos estiran sus pequeños bracitos, para consolarse la una a la otra, y sienten serenidad al tener sus manos juntas, el miedo comienza a desvanecerse hasta que se quedan dormidas por fin.

A la mañana siguiente sentadas a la mesa mientras desayunan, recuerdan la mala noche, entre la plática se agradecen mutuamente: -Menos mal que me diste la mano anoche, me moría de miedo– dijo una de ellas -Gracias a ti amiga, yo estaba tan asustada como tú-.

La madre que escucha la conversación desde su inicio, les pregunta si han movido las camas, ya que están muy separadas la una de la otra y sería imposible que sus cortos bracitos se alargaran tanto como para que se pudieran dar la mano estando acostadas.

Las dos amigas confundidas e incrédulas vuelven a la habitación y prueban a darse la mano nuevamente estando en la misma posición de anoche y efectivamente, con sus brazos estirados al máximo, sus manos jamás estuvieron siquiera cerca de tocarse. Les recorre un escalofrió que no habían sentido jamás en su corta vida. Pues al parece aquella noche no solo los vivos tenían miedo. El espíritu de la pequeña hermanita fallecida también asistió a la reunión de amigas.



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