EL VINO TINTO


PRÓLOGO

Era una tarde maravillosa en la ciudad, el viento corría fresco haciendo que el calor que se había acumulado durante el medio día se disipara, el atardecer cayó lentamente, el sol bajaba despidiéndose de todos, para saludar de nuevo al siguiente día. La noche cayó sobre toda la ciudad, la cual se iluminó por las luces de los autos, establecimientos y viviendas, la noche estaba tranquila sin mucho escándalo o ajetreo del día a día, el cielo estaba despejado, mostrando a quien lo veía un espectáculo lleno de pequeños y numerosos puntos blancos, que formaban figuras llamativas, las calles que no contaban con iluminación eléctrica, eran alumbradas por un baño de luz de la gran y resplandeciente luna, tan imponente y hermosa, hacia que toda la ciudad tuviera un aspecto de lo más encantador.

De pronto un grito se escuchó en una de las calles iluminadas por la luna, un hombre gritó desesperado la asistencia de las autoridades, –Ayuda, que alguien llame a la policía–, resonó como un eco a lo largo de la calle, –Ayuda, han asesinado a una persona–. Varios vecinos se acercaron al lugar y unos sacaron sus teléfonos, marcaron los números de las autoridades y se quedaron de pie, observando el cadáver de una desafortunada mujer. Las autoridades llegaron al lugar de los hechos tan pronto como pudieron, siendo tan efectivos como su reputación les deja ver ante la ciudadanía.

Un automóvil oscuro se detuvo cerca de todo el tumulto de gente, policías y periodistas que rondaban la zona, del auto se bajaron dos hombres, ambos vestían pantalón de mezclilla, camisa blanca y una chaqueta de cuero, el que manejaba el auto llevaba una de color negro y el otro de color café. Ambos se acercaron a un oficial llamado Miguel Velazquez, sargento de policía, quien se encontraba dando instrucciones al personal policiaco y forense.
–Buenas noches oficial–, dijo uno de los hombres, era Roberto Martinez, detective de homicidios y asesinatos en serie.
–Tiene algún dato de lo ocurrido–, preguntó seguidamente el otro hombre, era Julián Romero, de mismo oficio que Roberto.
–Pues verán detectives–, dijo el sargento Velazquez, –La mujer fue degollada con un cuchillo–, ambos agentes se voltearon a ver, Roberto se acercó a la camilla donde ya hacia el cuerpo de la mujer asesinada cubierto con una sábana blanca, mientras Julián conversaba con el sargento Velazquez, al llegar hasta la camilla, Roberto destapó la cabeza de la mujer, sin hacer alguna reacción o gesto, observó detenidamente el cuello abierto de la difunta y entonces hizo un gesto con los ojos frunciendo un poco el ceño, volvió a recuperar su semblante anterior y simplemente volvió a cubrir el cuerpo, los forenses procedieron a subir la camilla al camión de transporte, para llevar el cuerpo a la morgue.
–Revisen bien la zona del cuello–, dijo Roberto con tono de seriedad, los forenses asintieron y se retiraron del lugar.

–Disculpe sargento, ¿Por casualidad se encontró una copa a un lado del cuerpo de la mujer?–, decía Roberto mientras se acercaba a los dos hombres.
–Sí, así es, ¿Pero cómo lo supo?–, decía el sargento Velazquez con cara de asombro.
–Hey Julián–, tal parece que fue obra de nuestro conocido enamorado–, continuó mientras llegaba hasta donde estaban Julián y el sargento Velazquez, –Sargento, esto fue obra de un asesino en serie, por lo que respecta a los informes, esta sería su décima octava víctima–, respondió Roberto a la pregunta del sargento, –El tipo tiene la costumbre de dejar una copa, en la que parece haber bebido sangre de la víctima, sin embargo, nunca se han encontrado rastros de ADN, ni en la copa, o el cuerpo del occiso, es un tipo muy hábil, esperemos encontrar alguna pista que nos acerque a ese enfermo–, decía Roberto con frialdad.
–Es increíble como alguien puede hacer eso–, decía el sargento mostrando un tono de nauseas en la cara.
–Sargento, ¿sabe si alguien vio algo, o sabe algo de lo ocurrido? –, dijo Julián volteando a ver al sargento Velazquez.
–Un hombre fue el primero en encontrar el cadáver–, respondió Velazquez.
–¿Dónde está el hombre sargento?–, preguntó Roberto.
–Está por alla–, apuntó Velazquez a un hombre sentado en el borde trasero de una ambulancia, mientras un paramédico lo revisaba, pues se encontraba en estado catatónico, y le habían inyectado una dosis de morfina para tranquilizarlo, estaba con la cara en dirección al suelo y le temblaban las manos.
–Iré a interrogarlo, veré si puedo ver algo más–, dijo Roberto mientras caminaba hacia aquel hombre, al llegar, le preguntó al paramédico si podía hablar con él, el paramédico le respondió que podía hacerlo, pero que tratara de no alterarlo, Roberto asintió con la cabeza y el paramédico los dejos solos para que Roberto pudiera interrogar al hombre y este se colocó en cuclillas frente al asustado.
–Buenas noches, soy el detective Roberto Martinez–, dijo Roberto en tono suave, el hombre que tenia la mirada perdida en el suelo, levanto la cara y miró al detective.
–Buenas noches oficial–, respondió el hombre con voz quebradiza y sin controlar los nervios del cuerpo.
–Disculpe, ¿Puedo hacerle algunas preguntas?
 –Claro, pero estoy algo aturdido por todo esto, yo jamás había visto un muerto en mi vida, ¡Dios!, ¿Porque?, ¿Por qué tuvo que pasar esto?–, el hombre le decía a Roberto, mientras soltaba un leve llanto, Roberto colocó su mano en el hombro del sujeto para tratar de calmarlo.
–Sé que es algo difícil de asimilar, pero por favor intente calmarse, necesito que me diga si pudo ver algo más a parte del cadáver.

El hombre dirigió su mirada al frente, tratando de recordar lo sucedido, –Yo venía de camino a casa–, dijo el hombre.
–Venia de la fiesta de un amigo, que vive cerca de aquí, por ese motivo decidí ir y regresarme caminando–, Roberto lo observaba con atención.
–Cuando venía de camino, las luces estaban bajas y ya estaba oscuro, vi un bulto tirado y lo que parecía la silueta de una persona caminando–, el hombre comenzó a sobar sus manos, pasando una sobre la otra en círculos, como si estuviera enredando un carrete de hilo, debido a su nerviosismo.
–¿Una Silueta?–, le interrumpió Roberto, –Dígame, ¿Cómo lucia esa silueta, pudo distinguir algo de ella?, ¿Pudo ver si era un hombre?–, el sujeto detuvo el movimiento de sus manos, y comenzó nuevamente a recordar lo sucedido.
–Recuerdo que era un hombre, pero no pude ver ninguna parte de su rostro o algo mas, pero pude distinguir una figura masculina–, decía el hombre apretando un poco los ojos, como si tratara de cerrarlos sin poder, –cuando me acerque y vi que era una mujer quien estaba en el suelo, corrí hasta ella y le grite a aquel tipo que me ayudara, pero no me hizo caso y siguió caminando, fue entonces que note la herida en el cuello de esa mujer y entre en pánico, entonces comencé a gritar y pedir ayuda–, el hombre llevo sus manos al rostro y se las froto como tratando de lavarse la cara y despertar de un mal sueño.
–Vaya a casa, trate de descansar, duerma un poco y por la mañana acuda a ver a un psicólogo si cree necesitarlo, ¿De acuerdo? –, le decía Roberto al hombre, mientras se levantaba, el hombre asintió con la cabeza y pidió a unos vecinos le ayudaran a llegar a su casa.

Roberto regresó hacia Julián y Velazquez, sacó una tarjeta del bolsillo de su chaqueta y se la entregó al sargento Velazquez.
–Cuando los forenses encuentren algo, por favor llámeme–, Velazquez tomó la tarjeta y se despidió de ambos detectives, Roberto se giró y miró a los alrededores como si tratara de encontrar algo.
–¿Crees que encuentren una nota también? –, preguntó Julián a Roberto, mientras veía partir a todas las personas de la zona.
–Estoy seguro de que la hallaran, ese enfermo no dejaría pasar esta ocasión–, respondía Roberto mientras se giraba de vuelta hacia Julián, –Vámonos, tenemos que realizar el reporte–, Roberto y Julián caminaron hasta el auto y emprendieron marcha hacia la estación de policías.



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